jueves, 24 de marzo de 2011

Después de la guerra / Diomedes Osorio


Recuerdo breve e intenso de un libertario que de desyerbar sus tierras en el campo pasó, gracias a que pisó una mina antipersona, a la oscuridad de sus ojos y el frenesí de las ciudades. 


Por Katalina Vásquez Guzmán
Fotografía: David Estrada L.


Diomedes me mira y ella, pequeñita, se mueve en mi vientre. Entonces, Diomedes me toca y yo lo miro. Veo unas gafas oscuras en vez de ojos. Después del saludo vamos a la mesa. Diomedes me dicta y yo, de ocho meses de embarazo, estiro los pies mientras escribo tan rápido como aprendí en las máquinas del Cefa. Agradezco los cursos de bachiller comercial y tecleo sin mirar. Lo observo y lo escucho. Me paro cada tanto y le hago señas al fotógrafo a ver si tiene afán. Otra vez Diomedes, no sé cómo, me mira, y yo siento su mirada; también mi bebé que brinca en mi alboroto. 


Diomedes me cuenta lo último que vio: un machete, un paisaje verde, un cielo claro, unas piedras grises, unos familiares y una maleza. Esas palabras con unos gestos y una voz quebrada me hacen erizar; también la bebé parece emocionada. Todos nos tensionamos y yo siento una rabia que deja de subir cuando un par de galletas llegan a la mesa. Diomedes, no sé cómo, las ve venir y agradece. Mastico. La bebé patea. Pienso que le gustan la presencia de Diomedes y las saltín. Con él estoy cada semana y galletas como al amanecer cuando la pequeña o el pensamiento extraviado no me dejan dormir. 


Diomedes me cuenta sus aventuras y mis oídos y manos dan forma a sus recuerdos. La niña escucha, me da la impresión, atentamente. El libro, el de víctimas de minas, está próximo a salir y es tarea de los dos. Él es el escritor y yo la escribana. Nunca se lo digo, pero me ayuda y me honra serlo. Allí donde pise aún crece la hierba proponen para título. A él no se lo cuento pero creo que, sincero como es, diría que no le gusta. Con naturalidad y honradez, en esos encuentros Diomedes me enseña lo que son la yerba, desyerbar, rozar, cultivar, andareguiar, irse, volver, ver, no ver más, esconderse, salir, nacer y renacer. Por eso creo que, aunque broten hierbitas en ese campo minado que lo encegueció, no pueden ser más que maleza.  


Diomedes me despide. El de las fotos prende un cigarrillo. Quedamos en llamarnos. El libro no sale. La bebé nace; cumple seis meses. Hay fiesta del libro. Llaman a Diomedes. Lo traen a Medellín. Se sienta de principal. Cuenta su historia. Sale del auditorio y, como antes, yo siento que me mira. Lo entrevistan los medios. Queremos hablar y no se puede mucho. Tomo su teléfono. Pierdo su teléfono. Atrapo su recuerdo. Recuerdo su voz, su acento apaisado, su hablar sereno, su tenaz testimonio, su noble novia, su edad, su estatura, su dirección en Medellín y quiero visitarlo, presentarle mi pequeña y hablar sinceramente de la vida.

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